El vino y punto.

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Ya lo decía el principito, los adultos tenemos fascinación por los números. Desde hace algunos años proliferan publicaciones donde los vinos son puntuados. Esto es algo que no entiendo a pesar de que no estoy libre de su influencia. Aunque seamos profesionales y catemos de forma escrupulosa e independiente no veo como podemos ser tan precisos còmo para distinguir entre un 87 o un 88, podemos ser rigurosos pero no es una ciencia exacta, quién no tiene ciertos prejuicios o es más sensible a unas u otras sensaciones. Una cata puede estar muy bien detallada y ser en gran parte objetiva, pero traducir ésto a números sería como analizar el cariño que sentimos por alguien y concluir, 93. Tampoco es justo, ya que los números no valen igual, ¿hay la misma diferencia entre 88, 89 o 89, 90?. El 90 es para muchos la barrera que diferencia lo bueno de lo excelente, y ¿si el catador en cuestión tuvo un mal día? ¿no pudo fallar? ¿Cual es el margen de error?. En todo análisis sensorial existe el margen de error y por lo tanto todas estas publicaciones tendrían que determinar un nivel de tolerancia en mi opinión. Jamas he asistido a una cata del tipo que sea donde la conclusión haya sido traducida a números y puedo decir que entre profesionales esto no se hace. También se mete todo en el mismo saco y las elaboraciones pueden ser muy distintas, vinos retocados en bodega, vinos apenas manipulados etc. Esto seria como puntuar a músicos y meter en la misma lista a Barbra Streisand y a Nirvana.

¿Entonces a quién están dirigidas estas puntuaciones?. Supongo que al consumidor medio, para el cual un número supone facilitarle las cosas y de paso poder apoyarse en esto para justificar su compra. Cuando alguien no experto prueba un vino con una puntuación digamos, un 96 esta siendo sugestionado y en muchos casos supone una mordaza, ya que,¿quién puede criticar la opinión de alguien tan experto como para hacer concreto lo subjetivo?.

Creo que el mundo del vino no está sólo en la botella y reducirlo a números no solo es erróneo si no imposible.

portda trans                                                                                                                                                                         Iñaki Garrido Ramos.

 

Catar de forma sencilla.

Imagen de la serie Elementary.

Imagen de la serie Elementary.

Cuando estamos en un restaurante y elegimos un vino generalmente nos lo dan a probar, bien, aquí empiezan los problemas. Da mucha vergüenza cuando no sabemos que hacer, en ocasiones se dan situaciones cómicas con gente que hace una cata pomposa para impresionar a sus acompañantes y en otras ocasiones nadie quiere probar por miedo a hacer el ridículo o bien que se note que no son expertos.

Cuando probamos, solamente buscamos verificar que el vino está en buenas condiciones, no desarrollar una cata técnica. Muchas veces la persona encargada de probar el vino le dicen al sumiller “Esta bueno” y tampoco es esto exactamente, lo que comprobamos es que el vino no esté defectuoso, que nos guste o no, es nuestro problema y no sería nunca causa justificada de devolución, algo muy distinto sería que estuviera defectuoso. También hay que tener en cuenta que si no detectamos un defecto en la prueba y lo hacemos más adelante con más tranquilidad, también podremos reclamar, eso si, no después de habernos tomado toda la botella.  La temperatura también es muy importante, un vino a una temperatura inadecuada pierde muchísimas cualidades y si tenemos que pedir una cubitera aunque el vino sea tinto, lo haremos, esto es perfectamente correcto.

¿Como comprobamos que está bien?. Esto es rápido y sencillo, no tenemos que ser especialistas y 30 segundos sobran para ello. Repasemos, cuando olemos un vino sólo buscamos aromas, es decir un vino jamas huele dulce pues esto es un sabor. En la boca sólo vamos a percibir sabores, Salado, Dulce, Amargo, ácido. Esta es la razón por la cual cuando estamos resfriados y tenemos la nariz congestionada la comida y la bebida no nos sabe a nada. Así bien, cuando nos sirven el vino el color lo vemos inmediatamente ( reconozco que jamas he rechazado un vino por el color) y cualquier anomalía visual  si va a suponer un defecto lo comprobaremos al probarlo. Al olerlo buscamos únicamente que los aromas sean limpios aunque en ocasiones el vino esté un poco cerrado, agitando un poco la copa esto se reduce y no supone mayor problema, si el vino tiene un olor negativo evidente, podremos rechazarlo sin tener que decir exactamente qué defecto tiene, aunque los más comunes son los olores a humedad y moho típicos del los t.c.a. (mal llamado olor a corcho), el ácido acético en cantidades perceptibles  sería el avinagrado y el olor a pegamento propio del (acetato de etilo), existen muchos más defectos pero no son menos habituales . Si a pesar del olor dudoso nos llevamos el vino a la boca comprobaremos que generalmente el defecto perdura y va acompañado de una mala sensación en boca y resulta desestructurado. Un buen vino suele tener en general equilibrio entre Dulce, Salado, Acido y Amargo lo que no significa que cuando un sabor despunta el vino este en mal estado.

En resumen, cuando probamos un vino, haremos una rápida comprobación y si creemos que está defectuoso no debemos dudar en decírselo al camarero o sumiller,  confirmará nuestras sospechas y en la inmensa mayoría de los casos nos lo cambiaran sin ningún problema.

Muchas veces la excesiva liturgia entorno al vino resulta artificial e incomoda y hace que algunas personas se decanten por otro tipo de bebida simplemente por no pasar por ese momento que parece reservado a los expertos, cuando realmente no lo es. Por otra parte los profesionales de sala, tienen que tener el tacto suficiente como para saber qué tipo de cliente requiere un protocolo estricto y qué tipo de cliente espera algo mas informal.

portda trans Iñaki G.R.

 

 

Bibliografía 1ª Parte.

Acaba de llegar al mercado la séptima edición revisada de uno de los libros más interesantes para todos aquellos que amamos el vino y que además estamos interesados en aprender sobre este mundo. La nueva edición del Atlas Mundial del Vino, publicado en España por la editorial Blume, viene firmada de nuevo por Hugh Johnson y Jancis Robinson como autores coordinadores, aunque la lista de colaboradores es amplia. Estos dos autores, pertenecientes a diferentes momentos históricos en el conocimiento sobre el vino, han conseguido a lo largo de los años que este libro con sus sucesivas ediciones actualice la información mínima que todo aficionado y profesional debe poseer sobre las diferentes regiones vitivinícolas del mundo.
Esta séptima edición, con 400 páginas y mas de 200 mapas, no presenta muchos cambios significativos respecto a la anterior, publicada en España en 2009. La distribución general de capítulos se repite, los mapas son prácticamente los mismos o han sufrido pequeñas modificaciones y se ha añadido o aumentado el contenido en unas cuantas nuevas regiones, así como sus mapas. Los textos de las principales zonas han recibido pequeñas actualizaciones y en algunos casos se ha confiado a nuevos autores su redacción o revisión.
¿Pero quién espera que haya cambios revolucionarios en la geografía internacional del vino? ¿Quién quiere que retiremos la atención de Borgoña, de Piamonte o de la Toscana para ponerla  por ejemplo: en Bulgaria? Este libro concentra el interés y el tiempo de lectura del aficionado y del profesional en lo que es imprescindible conocer de cada zona vitivinícola verdaderamente relevante y además nos desgrana información sobre elaboradores, aunque no es su prioridad, a la vez que nos ayuda a descubrir otras zonas que deberían recibir nuestra atención como enamorados del vino.
Probablemente este libro ya esté en tu biblioteca, felicidades por ello, pero si aún no lo tienes deberías hacerle un hueco. Por 40 euros se puede comprar una, dos o tres buenas botellas de vino pero también puedes llenar tu cabeza con nuevos vinos que descubrir, con nuevas zonas que visitar y expandir tus horizontes en este vasto mundo que está ahí fuera, esperándote.

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